Mi maratón de Sevilla: reencuentro con el sufrimiento (por @ultraroncero) 4


“Si hay que petar que sea por todo lo alto”. Con esas palabras empezaba el fin de semana del Maratón de Sevilla. El objetivo, ahora sé que inalcanzable para mi estado de forma actual, era acabar en 3h15, ritmo medio 4:35 min/km.

Viajé con la familia Drinking Runner y desde el principio estaba tranquilo y en ningún momento había tenido las molestias típicas de los días antes de una carrera. O bien iba muy (demasiado) descansado o bien no había entrenado lo suficiente. Visto el título del post se puede adelantar sin miedo a desgranar el final del mismo que era lo segundo.

Nos plantamos todos en el punto de salida y nos animamos unos a otros y yo sigo mi rutina de concentración justo antes de la salida de una carrera. Se trata de una visualización de mí mismo durante todo el recorrido sonriendo y disfrutando. No hay nada más motivador y energético que verse a uno mismo disfrutando de una de sus pasiones, en mi caso, correr larga distancia.

MiMaratonSevillaCorredorPodría extenderme comentando todos los kilómetros, sin embargo, hasta el 21 todo iba sobre lo previsto: de 4:30 a 4:35 min/km de media “cómodo”. Y lo pongo entrecomillas  porque al cruzar el arco del medio maratón, sé que sí iba cómodo pero para correr  medio maratón y no el maratón completo. En el kilómetro 22 decido descolgarme de Robledian y Arturo que van silbando (literalmente) en cada punto kilométrico. Quizá aún pueda mantener el ritmo a 4:50 o 5:00 min/km. Me pongo a un ritmo cómodo y de pulsaciones bajas.

Lo kilómetros pasan cada vez  más despacio y hacia el 30 la cosa empieza a pesar demasiado. Las rodillas y los tobillos empiezan a no funcionar correctamente y me surgen molestias en las lumbares y en los hombros. Me gustaría contar por orden todo lo que pasó desde el 30 al 42 pero siendo sincero todo es bastante confuso.

Recuerdo que a partir del 30 recordé unas palabras que me mandó mi chica justo antes de la carrera. Cuando las leí conecté con algo dentro de mí que me hizo sentirme especial: la larga distancia es lo tuyo. ¡Cómo sabe hacerme conectar!

De verdad no sé en qué punto kilométrico recordé esto, lo que sí recuerdo es que saqué la artillería pesada porque aquellos últimos kilómetros iban a requerir, fuerza. Me centro en mí mismo, me aíslo del entorno y me enfoco en seguir adelante. Como suelo decir en mis talleres: un paso más, siempre un paso más, siempre uno más, sencillamente uno más. En cada momento sólo pienso si puedo dar el siguiente paso, y si soy capaz de darlo, pienso en el siguiente. En mi cabeza, he dejado de correr un maratón y estoy en modo ultrafondo. Acorto la zancada, para reducir el impacto de asfalto que hace ya algunos kilómetros me estaba machacando las articulaciones. Se trata de regular y reservar. Esta estrategia me ha servido en los últimos años para afrontar carreras de larga distancia.

A la cabeza me viene el último maratón de asfalto que corrí. Fue Madrid 2012, dos años atrás, cuando la carrera me superó, la distancia me pudo y me rendí. Aunque terminé, acabé a los pies de La Dama, como me gusta llamar a la distancia del maratón. Crucé la meta a sus pies.

Levanté la cabeza y pensé “¡No, querida! Esta vez no podrás conmigo. Lo siento Damisela pero este caballero ha venido aMiMaratonSevilla bailar con usted y yo llevo las riendas.”. Reflexiono: no puedo controlar la distancia, los 42 kilómetros y 195 metros (que estos metros también hay que recorrerlos) seguirán delante de mí haga lo que haga, sin embargo, hay dos cosas importantes que sí puedo manejar. La primera es el ritmo, puedo reducirlo hasta un ritmo cómodo. La otra es mi actitud. Puedo pensar que soy víctima de la carrera o, por el contrario, puedo escoger ser verdugo.

Mi alter ego ultrafondista, Ultraroncero, toma el mando y coger la guadaña y se encamina a degollar a La Dama. Cada paso me acerca un paso a mi objetivo y voy comiéndome, no sin cierto empacho de asfalto, los kilómetros.

En los últimos kilómetros, me adelantan muchos amigos de la familia Drinking Runner. Lolo, Julián, Alberto I., Alma, Chema, Ullé y muchos más que ahora están en mi recuredo de forma borrosa. Todos pasan y me miran extrañados, la cara más sorprendida es la de Alma que me mira con cara de haber visto un anciano haciendo skate. Todos me dedican unas palabras de ánimo, a pesar de que ellos también van justos de fuerzas. Ahora mismo sólo me queda gratitud hacia ellos. En aquellos instantes pienso: “amigos, guardad las energías para vosotros, La Dama me tiene miedo. Se sabe perdida, ha perdido el control y que mis pasos son certeros y nada me detendrá.

La entrada en el estadio es ciertamente liberadora, el infierno se acaba. La última vuelta al estadio podría apretar el ritmo, pero ya no tiene sentido. Todo el mundo me adelanta pero yo ya he ganado, cruzar la meta es lo de menos. Da igual los tiempos, da igual el dolor físico. En mí nace la satisfacción de haber salido victorioso de la batalla: lo siento, Dama, esta vez no has podido conmigo. Cruzo la meta y lloro.

No lloro de alegría o de tristeza. Lloro por haber sufrido y haberlo superado. Lloro porque me he reencontrado con mi guerrero que tanto echaba de menos. Esa parte de mí que nunca se rinde, que nunca sale derrotado porque siempre mantiene el mando. Ese capitán de barco que, haya mal en calma o surja la peor de las tempestades, coge el timón y navega. Un navegante que tiene miedo y aun así sigue adelante porque tiene claro su camino y, sobre todo, su destino.

Ahora ya da igual lo lejos que haya que llegar, sé que tengo fortaleza para llegar. Dando un paso más, siempre un paso más, sólo uno más, siempre uno más.

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